Fecha de redacción: 5 de enero de 2026 / Juan José Espinosa
Las dictaduras sobreviven con muchas cosas además de represión, sobreviven con propaganda, militares leales… y comida. La clave está en que los proveedores garanticen que los productos alimenticios lleguen a tiempo, aunque el país se esté cayendo a pedazos. En Venezuela, el programa CLAP fue eso: el instrumento con el que el régimen de Nicolás Maduro administró el hambre y compró estabilidad política.
Esa historia está documentada. Investigaciones periodísticas internacionales han descrito cómo el CLAP operó mediante intermediarios privados, contratos opacos y redes empresariales provenientes del extranjero. En esa ruta aparece México. No como espectador. Como proveedor.
Empresas mexicanas vinculadas al abasto institucional han sido señaladas por distintos medios de comunicación como parte de la cadena de suministro que llevó alimentos a Venezuela. Entre ellas, la mexicana Corporativo Kosmos, uno de los conglomerados más cercanos al poder público de nuestro país en tiempos de Andrés Manuel López Obrador. A través de filiales como Productos Serel y La Cosmopolitana, Kosmos ha sido proveedor estratégico del Gobierno mexicano.
Reportajes de diversos medios han documentado que empresas del grupo aparecieron dentro del circuito de proveedores cuyos productos terminaron en el programa CLAP mediante intermediarios. La empresa ha negado contratos directos con el Gobierno venezolano. Esa postura también forma parte del registro público. Pero los hechos permanecen: los productos se surtieron, los intermediarios cobraron y todos salieron beneficiados.
Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, México adoptó una postura de no confrontación frente a Venezuela. No condena, no presión, no ruptura. En los hechos, esa neutralidad se tradujo en algo más concreto: empresas mexicanas cercanas al gobierno siguieron operando sin obstáculos en rutas comerciales que beneficiaron directamente al régimen de Maduro. No fue un gesto humanitario. Fue negocio.
Mientras desde Palacio Nacional se hablaba de soberanía, dignidad y superioridad moral, el músculo logístico del abasto mexicano hacía lo que sabe hacer mejor: surtir. Y cuando se surte a una dictadura, no se puede fingir inocencia política. El abasto también es política exterior.
En el centro de ese entramado aparece Jack Landsmanas, directivo y figura clave de Corporativo Kosmos. No como un operador menor, sino como parte del núcleo empresarial que ha hecho del negocio con el gobierno su principal fortaleza. Landsmanas ha sido señalado en medios de comunicación nacionales como uno de los nombres vinculados al conglomerado que, según investigaciones periodísticas, estuvo presente en la ruta de suministro del CLAP. No hay sentencia ni resolución judicial pública en su contra. Lo que hay es algo igual de revelador: ninguna explicación clara, ninguna distancia política, ninguna consecuencia visible.
Y ESO DICE MUCHO.
Porque si México realmente hubiera querido marcar diferencia con el modelo venezolano, lo mínimo habría sido cerrar la puerta a cualquier empresa señalada por participar en el sostenimiento logístico del régimen. No ocurrió. Al contrario. Kosmos siguió siendo proveedor del Estado mexicano. Siguió cobrando. Siguió operando. Incluso hubo observaciones administrativas documentadas por la Auditoría Superior de la Federación (ASF) en contratos relacionados con sus filiales. Nada alteró la relación.












